
Una tarde que duró años
Sara Padilla
“Tener cerca de lo que nos rodea y cerca de nuestro cuerpo, la idea fija de que nuestra alma y su envoltura caben en un pequeño vacío en la pared o en un papel de seda raspado con la uña”
Lezama Lima
Me pasó antes. Vivía los días así. En lo que empezaban los comerciales, me levantaba del piso, dejaba mi tarea y me alejaba del televisor. Caminaba por la casa de cosa en cosa: de mueble a cuchara, de cuchara a grifo, de grifo a cajón, de cajón a lápiz. No era que estuviese loca. No hay gente loca de donde yo vengo. Pero el calor traía un ya para qué esto y ya para qué aquello que confundía los propósitos. Así que de cosa en cosa caminaba hasta la terraza del patio, donde me frenaba, como si un vidrio me obligara a quedarme delante del grueso instante, inmóvil, con la sombra del techo en mi cabeza.
Veía el piso incrustado al vacío, dispuesto a la metáfora de mis intenciones más grises. Años atrás, mi madre había decidido tumbar un kiosco de palma que tentaba a los murciélagos. Ahora no había nada: sobre el piso estallaba la maravillosa conclusión del sol. Se confunde, a ojos del que observa, la melancólica consistencia del espacio con la melancolía –si es que eso es melancolía– de quien es capaz de detenerse. Puse mis ojos allí como un par de aretes que se dejan sobre el tocador, y el paralelismo desembocó en una descarga, en un rostro de mujer despojado frente al espejo de la noche, un desmantelamiento tan simple que significa:
–Allí estás. Tú eres.
A varios pasos del piso, llena de presencias y enternecida por las sombras de un palo de mango, estaba la tierra junto a sus cosas. Pero en este recuerdo, este que ahora me asalta, la naturaleza no es importante. Y en esa deliberada omisión quiero que se reconozca la ausencia, el significado de esa ausencia que, por motivos de la misma ausencia o de la mediocridad mental que provoca esa ausencia, me impido significar ahora, que tampoco se me da por interesarme en la tierra.
Trato de hacer una reproducción exacta de lo que sucedía. Pero me es imposible. Una niña que observa su casa puede llegar a las más agotadoras conclusiones, porque provienen de sus sentimientos. Una niña que observa su casa se agacha, fija los ojos al suelo, mora en cuclillas y con la punta del desaliento hurga en los huecos y se asegura de abrirle espacio a un vacío que le ha muerto entre las costillas. Apila los montoncitos de tierra y descubre el recorrido de una hormiga y con el índice de una maldad en desuso le impide el paso, y no sé si es ahí o después que, apiadándose de la pobre hormiga descubre… en la certeza de su cuerpo solo, la incorregible cotidianidad del día: el día constatado en el día, el día constatado en la hormiga –de la que ninguna pereza humana tiene piedad–, el día constatado en la niña que asiste al teatro de la consistencia diaria, esa bestia que espanta al niño.
Pero lo que sigue no es una memoria, sino una lección.
Sonaba la música del fin de los comerciales y yo regresaba. Y volvían a los comerciales y yo deambulaba. Metía mis brazos en la alberca, jugaba al limbo con la ropa del tendedero, tiraba piedras que descalabraban el techo y más tarde, ante cualquier objeto, tentaba otras ganas. Y la rutina de ir de cosa en cosa se repetía hasta que dieran las 5, con la excepción de que a las 4 iba a la tienda de la esquina a comprar mis chucherías –pero esa es una historia sobre una felicidad muy difícil de contar–…es que eran hondas las tardes de mi casa. Llenas de acciones que se igualaban en su despropósito. Hice las cosas que hacen los que no saben qué hacer, hice las cosas como las hacen los que no saben qué hacer: con los nervios de una mano a punto de tocar un hombro en el que hay otra mano.
La luz se acabaría. El sol agarraría sus rayos, como el mal perdedor agarra sus fichas. Fin. Y el fin es gris, el fin de cualquier cosa es gris. Un gris tubular que transporta los más húmedos padecimientos. Sudaba en donde mi piel tocaba la baldosa: los muslos, la espalda y el pecho. El viento del ventilador alocaba las hojas del cuaderno, licuaba las voces de la televisión, pero no era momento de prestar atención al funcionamiento de las cosas. No era ahí por donde decaía el entusiasmo.
¿Qué hacía frente a la telenovela? Hacer la tarea ¿Qué hacía frente a la tarea? Ver la telenovela ¿Y qué había entre una cosa y la otra? Una tarde que duraba años.
Cuando la luz indefinía al mundo y las horas habían pasado sobre las cosas, comprendía a manera sentimental, incómodamente sentimental, el sistema de mi soledad. Alabados esos días y el Dios que me determinaba al pensamiento: a mi ‘ahora qué’ descoloriendo sobre el vacío de la respuesta. El mismo que persiste ahora, al norte de mi infancia y sobre la mesa blanca de un cuarto sin ventiladores ni televisión ni tareas ni madres a punto de llegar. Allí está su todapoderosa nada para que yo, después de tantas tardes, escriba.
acerca de la ilustradora
acerca de la escritora

Valentina Siauchó Unriza (Tunja, 1996) dibuja y pinta desde que tiene memoria. Estudió Artes Visuales por dos años. También es profesional en Estudios Literarios y tiene varios estudios en fotografía y dirección de Arte para teatro. Hace algún tiempo publica sus creaciones en la cuenta de instagram @flordeparamo1. Su búsqueda viene encaminada a detenerse en la cotidianidad, la intimidad y las atmósferas.
Actualmente, cursa estudios en cine. Le apasiona la mediación de las Artes y la Lectura y caminar por las montañas de Colombia.

Sara Padilla (1993) nació en Montelíbano, Colombia y vivió allí los años que importan. Lo más triste que le pasó, fue irse. Lo más feliz que le pasó fue irse. Su vida ha de ser, en todo los modos que decida, el regreso. Escribe por casualidad, que aunque se le da, poco la encuentra. Por lo tanto, es más acertado decir que escribe por la precisión del milagro. Cree en Dios y en su madre. Hace 3 años vive en Nueva York. Ha trabajado en oficios varios. Hoy escribe, estudia en CUNY, enseña español, lee y ve películas. Hace parte de la Antología Pies y Perras (Laguna Libros). Ha hecho parte de otras cosas, y casi ninguna es toda suya.
