top of page
IMG_4943.png

El nómada

Nicolás Castro Pulido

I

 

Ojalá me encuentre en esta talega

de canciones sin verbos ni sujetos,

                                                                                         pienso, viendo la bolsa de mareos.

 

Desde aquí arriba no veo la tierra,

ni huelo lluvia suave sobre el polvo,

ni hay ríos blancos ni montañas muertas.

                                                                                                                                                                                                                 Mi cueva, una nube.

 

Desde los aires acondicionados,                                                                                

el capitán de ruido blanco advierte,

en la lengua que no será su idioma,

que el aire moverá fuerte las alas;

toserá y nos deseará un buen viaje,

apagará, confiado, su micrófono.

 

Ojalá que mis palabras vomiten

las oraciones optimistas

y, tras sufrirlas,

que vayan a la lengua de la lengua,

a la memoria de la roca boca,

y allí el humor las haga plastilina.

 

                                                        Mi lengua, una nube.

II

Te preguntarás ahí, escuchándome,

a qué me dedico, cuál es mi nombre,

dónde y con quién vivo. ¿Quién putas soy?

 

En las salas de los hostales, ronco.

Y sé lo que dirás: ¡qué vida linda!

 

Soy una publicidad de bajo costo.

III

 

Con mi laptop abierta, estoy sentado

sobre la torre de control aérea

y oigo anclar a grises barcos alados

en lisos mares de concreto y luces.

 

Buscando acomodarme, muevo el culo

por las varillas; lo siento mojado.

El acero está helado y el rotor,

ese ruido del radar maldito,

no me permite trabajar.

 

No puedo teclear más de un correo

y en las reuniones virtuales soy afásico.

 

Navego en la cofa de este navío

que no se mueve. Anclo en el día

la noche y en la noche el día.

 

IV

Bostezo, tiemblo y tiemblo, me mareo

y mi tuerto inglés embaraza palabras

de un joven guía hindú que pedalea

entre el tráfico del sudeste asiático.

 

             Feo el sol. Feo el ruido de las motos.

Fea la rata y feo el curry. Feo

alfabeto. Feos dioses que tragan

brazos feos de feos hombres muertos.

 

¡Es incómoda y fea esta litera!

 

            Ningún hombre que hable su blanda lengua,

salude a sus vecinos y conozca

al chismoso y al duro pan de la esquina,

sabe cómo he resistido al tupido

río de los aviones: tiburones

que cazan cardúmenes de horas, días.

 

¡Es incómoda y fea esta litera!

 

 

V

Antes de embarcarme, oí de boca

de marinos que había un nuevo mundo,

uno de piedras preciosas y especias,

de vastos obeliscos y pirámides,

ciudades pavimentadas con oro.

Me veía atravesando fiordos,

escalando dunas,

matando monstruos aéreos.

Sentía la fresca agua en la garganta.

 

Lo desconocido era una abstracción;

lo conocido, un desierto;

pero lo conocido a medias,

lo vislumbrado,

era el lugar perfecto del deseo y la alucinación.

 

VI

Por Youtube, me enteré de un hombre joven

cuya barba era uniforme, hecha a regla,

vestía camisas celestes finas

ceñidas a su pecho y a sus brazos.

 

Decía haber sido uno de nosotros,

haberse sentido sin un sentido,

haber trabajado sin haberse trabajado;

pero que un día, un milagroso día,

unas luces que olían a eucalipto

lo despertaron con un proposito:

cubrir con destino a los sin destino.

 

Vi en su cara dorada santidad

y quise seguirlo como un apóstol.

Compré un boleto para ir en su barco,

un barco sin mares,

una tripulación de pantallas.

 

En sus cursos, era el que más remaba;

me apetecía encontrarme,

tocar mis heridas o inventarmelas,

decir que también fui un naufrago,

hallar, como quien halla un tesoro

en una necropolis cubierta de arena,

mi vocación: buzo, lector de tarot,

alpinista, cineasta o escritor.

 

Una vez me encontrara, contaría

como el hombre, mi historia en conferencias

y ayudaría a que otros se perdiesen.

 

Juro que dejaría este discurso,

en este mismo momento,

de una vez y para siempre,

pero, ¿para qué? el mal ya está hecho,

las personas ya pagaron su entrada.

VII

Viendo los rostros que cogen sus bultos

en las cintas mecánicas que traen

y llevan maletas, no solamente

me pregunto dónde estará la casa

de cambio, la oficina de turismo,

un adaptador para mi macbook;

también me pregunto si yo podría

reconocer el caminado enclenque

de mi madre.

                                                 ¿Ya se casó mi novia de la escuela?

VIII

La ballena camina entre los aires,

se esconde tras los montes de cemento,

canta mientras nada

y, con su cola, rompe los cruceros.

           Busco, como aquel buque pescador,

entre los cafés de los malecones,

entre los renovados barrios pobres,

entre los cruceros y los flixbuses,

esa carne invisible y solitaria,

ese cable manto, cuero de caucho,

ese lomo binario de piel magra,

color a nada y ventana: ese WIFI.

                                                          La ballena camina entre los aires.

              Su piel de letras se curte, se cose;

sus pixeles me cubren de la nieve.

 

            Les escribo por redes a las chicas

de los hostales. Las gaviotas hurgan

en los esqueletos de los gusanos

y, luego, en pleno vuelo, los escupen.

                                                         La espuma también devora cadáveres.

IX

Como los perros siguen a la liebre

mecánica, entre nubes de mercurio;

no puedo no caminar no correr.

 

¿Habré golpeado a Jesús en público?

¿Le habré negado un vaso de agua a Ulises?

¿Me burlé de Gaza hecha escombros?

¿Evité a los niños?

¿Me olvidé de mis hobbies?¿Sí los tuve?

¿O blasfemé sobre los terapeutas,

y fui condenado a vagar sin fe?

 

No dejaré de recorrer el mundo

con mi bastón, cámara y auriculares.

 

No puedo no caminar no correr.

X


Una mañana, desde mi canoa,

pude ver los morados cielos rosa

dibujando juncos sobre el borroso

río Yangtzé. La espuma. Los bambúes.

Los acantilados. El pasto crespo.

El barrito grave de la corriente.

El perfume grasoso de tres osos

rojos que yacen en una explanada

cultivada de arroz, sentados, solos.

El tigre sobre el abeto de ramas

largas, sin hojas.

El puente colgante.

               Todo, sin excluir a la flor de loto,

me recordó a una prostituta sin senos.

Una bengalí descalza, de velo,

que charlaba en un mal inglés inglés.

 

Subo una selfie del río a Instagram.

 

¿Podrán las fotos pasar

sus manos transparentes por el agua,

podrán oler la tierra,

podrán hablar de algo distinto a mí?

 

Los niños poposean en el río.

XI

Antes de que el desgano conquistara

mis ambiciones como periodista,

mi amor por el rap, el basket, las chicas;

soñaba con navegar en un yate,

bebiendo un Aperol Spritz por el lago

de Zúrich. Me veía con el pelo

en la cara. La brisa. Una camisa

rosada. Y sí hablaba alemán.

 

Las hojas de mi pasaporte llenas

de huellas de besos rubios, morenos.

 

Antes, cuando no sabía el gris sabor salado

de las aguas invisibles del viaje;

tamborileaba una mesa, inquieto,

mis ojos se anidaban en postales

y sentía nostalgia de que el mundo

se despidiera de mí como un niño

que se marcha en un tren, lejos y contento.

XII

Para divertirme, imito modismos

argentinos: "¿Ché, irás al laburo?"

                                                                        Vine por Taylor Swift al estadio.

Mi vuelo aterriza tres días antes.

 

Compro la carne de res en descuento,

me sorprendo con las frutas exóticas:

sus bajos precios, sus bruscos sabores.

 

Duermo en una habitación

que tiene la misma decoración

de aquella en la que dormí en Estambul.

 

Aquí

también me siento culpable:

los chicos en Buenos Aires

aún viven con sus padres.

 

Antes del show, veo a un tordito blanco

arrojar pichones de un nido al piso.

También remeda cálido sus cantos.

XIII

 

Chupo la cloaca del Small Talk,

deshueso soles y despiezo lluvias,

regurgito esas gargajosas músicas,

muelo las tripas secas de culturas.

 

Me río cuando no entiendo.

 

Mi mente se ha hecho chica como buche

de bulímico. Y aunque amo pensar,

no pienso y todo lo vomito.

Todo.

¿Y si hablara para no decir nada?

El barco se agita y…

 

temo lo que mis palabras harán de mí.

 

 

 

Tengo hambre.

acerca del ilustrador
acerca del escritor
IMG_5928_edited.jpg

Yeidi (1993). Dibujante y profesor bogotano. Investiga cómo el dibujo activa espacios, registra ideas e ilumina procesos personales y colectivos. Autor de Descubrimiento de Molgoria y diario de C, Canódromo, Días festivos, Libro blanco y Conversaciones Fungi

 

Su trabajo consiste en el estudio de las libretas como organismos vivientes que funcionan como una extensión del cuerpo y de la mente que nos ayudan a poner el pensamiento en papel. 

Nicolás Castro Pulido_edited.jpg

Nicolás Castro Pulido (1993) nació en Nemocón, Cundinamarca. Le gusta escuchar historias de dinero malhabido. Músico y Matemático.

  • Instagram
  • Instagram
bottom of page