
El nómada
Nicolás Castro Pulido
I
Ojalá me encuentre en esta talega
de canciones sin verbos ni sujetos,
pienso, viendo la bolsa de mareos.
Desde aquí arriba no veo la tierra,
ni huelo lluvia suave sobre el polvo,
ni hay ríos blancos ni montañas muertas.
Mi cueva, una nube.
Desde los aires acondicionados,
el capitán de ruido blanco advierte,
en la lengua que no será su idioma,
que el aire moverá fuerte las alas;
toserá y nos deseará un buen viaje,
apagará, confiado, su micrófono.
Ojalá que mis palabras vomiten
las oraciones optimistas
y, tras sufrirlas,
que vayan a la lengua de la lengua,
a la memoria de la roca boca,
y allí el humor las haga plastilina.
Mi lengua, una nube.
II
Te preguntarás ahí, escuchándome,
a qué me dedico, cuál es mi nombre,
dónde y con quién vivo. ¿Quién putas soy?
En las salas de los hostales, ronco.
Y sé lo que dirás: ¡qué vida linda!
Soy una publicidad de bajo costo.
III
Con mi laptop abierta, estoy sentado
sobre la torre de control aérea
y oigo anclar a grises barcos alados
en lisos mares de concreto y luces.
Buscando acomodarme, muevo el culo
por las varillas; lo siento mojado.
El acero está helado y el rotor,
ese ruido del radar maldito,
no me permite trabajar.
No puedo teclear más de un correo
y en las reuniones virtuales soy afásico.
Navego en la cofa de este navío
que no se mueve. Anclo en el día
la noche y en la noche el día.
IV
Bostezo, tiemblo y tiemblo, me mareo
y mi tuerto inglés embaraza palabras
de un joven guía hindú que pedalea
entre el tráfico del sudeste asiático.
Feo el sol. Feo el ruido de las motos.
Fea la rata y feo el curry. Feo
alfabeto. Feos dioses que tragan
brazos feos de feos hombres muertos.
¡Es incómoda y fea esta litera!
Ningún hombre que hable su blanda lengua,
salude a sus vecinos y conozca
al chismoso y al duro pan de la esquina,
sabe cómo he resistido al tupido
río de los aviones: tiburones
que cazan cardúmenes de horas, días.
¡Es incómoda y fea esta litera!
V
Antes de embarcarme, oí de boca
de marinos que había un nuevo mundo,
uno de piedras preciosas y especias,
de vastos obeliscos y pirámides,
ciudades pavimentadas con oro.
Me veía atravesando fiordos,
escalando dunas,
matando monstruos aéreos.
Sentía la fresca agua en la garganta.
Lo desconocido era una abstracción;
lo conocido, un desierto;
pero lo conocido a medias,
lo vislumbrado,
era el lugar perfecto del deseo y la alucinación.
VI
Por Youtube, me enteré de un hombre joven
cuya barba era uniforme, hecha a regla,
vestía camisas celestes finas
ceñidas a su pecho y a sus brazos.
Decía haber sido uno de nosotros,
haberse sentido sin un sentido,
haber trabajado sin haberse trabajado;
pero que un día, un milagroso día,
unas luces que olían a eucalipto
lo despertaron con un proposito:
cubrir con destino a los sin destino.
Vi en su cara dorada santidad
y quise seguirlo como un apóstol.
Compré un boleto para ir en su barco,
un barco sin mares,
una tripulación de pantallas.
En sus cursos, era el que más remaba;
me apetecía encontrarme,
tocar mis heridas o inventarmelas,
decir que también fui un naufrago,
hallar, como quien halla un tesoro
en una necropolis cubierta de arena,
mi vocación: buzo, lector de tarot,
alpinista, cineasta o escritor.
Una vez me encontrara, contaría
como el hombre, mi historia en conferencias
y ayudaría a que otros se perdiesen.
Juro que dejaría este discurso,
en este mismo momento,
de una vez y para siempre,
pero, ¿para qué? el mal ya está hecho,
las personas ya pagaron su entrada.
VII
Viendo los rostros que cogen sus bultos
en las cintas mecánicas que traen
y llevan maletas, no solamente
me pregunto dónde estará la casa
de cambio, la oficina de turismo,
un adaptador para mi macbook;
también me pregunto si yo podría
reconocer el caminado enclenque
de mi madre.
¿Ya se casó mi novia de la escuela?
VIII
La ballena camina entre los aires,
se esconde tras los montes de cemento,
canta mientras nada
y, con su cola, rompe los cruceros.
Busco, como aquel buque pescador,
entre los cafés de los malecones,
entre los renovados barrios pobres,
entre los cruceros y los flixbuses,
esa carne invisible y solitaria,
ese cable manto, cuero de caucho,
ese lomo binario de piel magra,
color a nada y ventana: ese WIFI.
La ballena camina entre los aires.
Su piel de letras se curte, se cose;
sus pixeles me cubren de la nieve.
Les escribo por redes a las chicas
de los hostales. Las gaviotas hurgan
en los esqueletos de los gusanos
y, luego, en pleno vuelo, los escupen.
La espuma también devora cadáveres.
IX
Como los perros siguen a la liebre
mecánica, entre nubes de mercurio;
no puedo no caminar no correr.
¿Habré golpeado a Jesús en público?
¿Le habré negado un vaso de agua a Ulises?
¿Me burlé de Gaza hecha escombros?
¿Evité a los niños?
¿Me olvidé de mis hobbies?¿Sí los tuve?
¿O blasfemé sobre los terapeutas,
y fui condenado a vagar sin fe?
No dejaré de recorrer el mundo
con mi bastón, cámara y auriculares.
No puedo no caminar no correr.
X
Una mañana, desde mi canoa,
pude ver los morados cielos rosa
dibujando juncos sobre el borroso
río Yangtzé. La espuma. Los bambúes.
Los acantilados. El pasto crespo.
El barrito grave de la corriente.
El perfume grasoso de tres osos
rojos que yacen en una explanada
cultivada de arroz, sentados, solos.
El tigre sobre el abeto de ramas
largas, sin hojas.
El puente colgante.
Todo, sin excluir a la flor de loto,
me recordó a una prostituta sin senos.
Una bengalí descalza, de velo,
que charlaba en un mal inglés inglés.
Subo una selfie del río a Instagram.
¿Podrán las fotos pasar
sus manos transparentes por el agua,
podrán oler la tierra,
podrán hablar de algo distinto a mí?
Los niños poposean en el río.
XI
Antes de que el desgano conquistara
mis ambiciones como periodista,
mi amor por el rap, el basket, las chicas;
soñaba con navegar en un yate,
bebiendo un Aperol Spritz por el lago
de Zúrich. Me veía con el pelo
en la cara. La brisa. Una camisa
rosada. Y sí hablaba alemán.
Las hojas de mi pasaporte llenas
de huellas de besos rubios, morenos.
Antes, cuando no sabía el gris sabor salado
de las aguas invisibles del viaje;
tamborileaba una mesa, inquieto,
mis ojos se anidaban en postales
y sentía nostalgia de que el mundo
se despidiera de mí como un niño
que se marcha en un tren, lejos y contento.
XII
Para divertirme, imito modismos
argentinos: "¿Ché, irás al laburo?"
Vine por Taylor Swift al estadio.
Mi vuelo aterriza tres días antes.
Compro la carne de res en descuento,
me sorprendo con las frutas exóticas:
sus bajos precios, sus bruscos sabores.
Duermo en una habitación
que tiene la misma decoración
de aquella en la que dormí en Estambul.
Aquí
también me siento culpable:
los chicos en Buenos Aires
aún viven con sus padres.
Antes del show, veo a un tordito blanco
arrojar pichones de un nido al piso.
También remeda cálido sus cantos.
XIII
Chupo la cloaca del Small Talk,
deshueso soles y despiezo lluvias,
regurgito esas gargajosas músicas,
muelo las tripas secas de culturas.
Me río cuando no entiendo.
Mi mente se ha hecho chica como buche
de bulímico. Y aunque amo pensar,
no pienso y todo lo vomito.
Todo.
¿Y si hablara para no decir nada?
El barco se agita y…
temo lo que mis palabras harán de mí.
Tengo hambre.
acerca del ilustrador
acerca del escritor

Yeidi (1993). Dibujante y profesor bogotano. Investiga cómo el dibujo activa espacios, registra ideas e ilumina procesos personales y colectivos. Autor de Descubrimiento de Molgoria y diario de C, Canódromo, Días festivos, Libro blanco y Conversaciones Fungi.
Su trabajo consiste en el estudio de las libretas como organismos vivientes que funcionan como una extensión del cuerpo y de la mente que nos ayudan a poner el pensamiento en papel.

Nicolás Castro Pulido (1993) nació en Nemocón, Cundinamarca. Le gusta escuchar historias de dinero malhabido. Músico y Matemático.