
Andar como huir, vivir como fracasar
María Alejandra Buelvas
Mi forma de andar es huir y mi forma de ser es el fracaso. Lo digo sin tristeza y sin pedir compasión, espero no estarme engañando. Lo siento ahora como una verdad. Y extrañamente no me pesa, como no me pesa verme envejecida.
De huida en huida he hecho trocha, y eso de lo que he huido también soy yo, pero sobre todo soy la huida.
Y el fracaso: he sentido que me parece bello, sobre todo porque es una aceptación. Siempre pienso en eso que escribió Michaux de que el que no acepta este mundo no hace una casa en él.
Quien no acepta este mundo no levanta una casa en él / Si siente frío, es sin tener frío / Se acalora sin calor / Si tala abedules, es como si no talara nada/
pero los abedules están ahí, en el suelo, y recibe el dinero acordado, o bien tan solo recibe golpes / Recibe los golpes como un don sin sentido, y se marcha sin extrañarse.
Siento ahora que estoy haciendo esa casa, por eso quizá no me duela verme el paso de los años, porque siento, veo, piedra sobre piedra.
Aceptar que el fracaso que la vida hila tiene para ti sus hilos, que el atardecer también es el fracaso del día, que el canto de un pájaro también puede ser un canto desesperado y que perder es ganar un poco, segunda voz de quienes compartimos estas tres montañas en suerte.
Existe, por supuesto, lo contrario del fracaso, y la belleza del canto, sólo la belleza del canto, belleza sin desesperación.
Lo sé. Y sé también que el atardecer es otra cosa que no admite adjetivos.
Pero eso contrario al fracaso, que sería la victoria, palabra más afortunada que Éxito, que a nosotros, los de las tres montañas, se nos vuelve amarilla y negra, promociones, tomates y calzoncillos. Eso, ¿victoria? ¿Qué es?
Aparto la mirada, en la ventana cada árbol se mueve en su propio tiempo, el viento es uno pero cada uno lo encara como puede. Hay uno más jóven, no sé cómo se llama su especie, porque estoy en un país donde no se habla mi lengua. Tampoco sé como se llama en mi lengua. No es un árbol que se siembre en mi lengua.
Al más jóven se le ven sus hojas más claras y pocas, es más ágil balanceándose. El más viejo se demora más porque tiene más hojas, y su tronco apenas se inclina. ¿Ver esto no es la victoria?, a quién no le pertenece esa victoria, con los árboles de una lengua propia o ajena. Hay, sí, quienes no la toman. No la ejercen. Ejercerla es mirar en este caso.
No es equiparable la victoria al fracaso, no están en la misma traza. La antonimia, no es, en ningún caso, alguna equidad.
La victoria es lo que siempre está pasando, el fracaso tuerce y hace camino, aceptarlo es levantar una casa y recibir el don.
acerca de la ilustradora
acerca de la escritora
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Margarita Pulido es artista plástica y escritora Bogotana. Amante de los gatos, los libros y los jardines con rejas de arabescos. Actualmente se dedica a la gestión cultural y hace trabajos freelance. La mueve el trabajo en comunidad, la memoria, lo orgánico y la investigación. Su obra central y personal se va tejiendo desde una mirada maravillada y fantasiosa, la misma que cuando niña la hacía pensar en las criaturas mágicas del bosque.
